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Jorge Camarena

Víctor Cintra es guitarrista de La Agrupación Cariño y de Marc Monster & the Olives

Su historia como músico es como la de miles más en el país. Dejó atrás su lugar de origen –Tuxtla Gutiérrez– y llegó a la Ciudad de México con la convicción de dedicarse a una carrera, que descubrió, le dio el poder de conmover hasta las lágrimas.

Sin embargo, Víctor Cintra es un músico como pocos; nunca fue a perseguir el rockstardom. Claro que quería tener videos en MTV como los de Soundgarden o Pearl Jam en los noventas ¿Quién no? Pero no fue la fama lo que lo atraía, sólo el deseo de dedicarse a lo que más le gustaba hacer.

Tuvimos la oportunidad de hablar con Víctor en ésta, la primera de nuestra serie de entrevistas a los principales protagonistas de la escena independiente en la Ciudad de México, y nos platicó sobre los orígenes de ambas bandas, su lucha dentro de las escenas independiente y mainstream, y sobre los retos a los que se enfrentan las bandas chilangas.

 

¿Cómo empezaste en la música?

 

El 3 de enero de 1999 llego de Tuxtla Gutiérrez, después de hacer escala en Guadalajara, a la Ciudad de México. La música fue la razón de venir acá.

Yo tenía poco tiempo de estar tocando en Chiapas, de manera autodidacta, con algunos grupitos de covers, tocando en los antritos de moda. Pero tocar en Tuxtla era tocar covers.

Allá, si tienes un grupo de música original de naturaleza rockera, no hay pa’ donde.

Y pasa como en la mayoría de las partes de la República, donde no hay un quehacer musical si no es el hueso, el cover.

Siempre me ha movido la música; yo creo que todos te pueden decir lo mismo: “ay, siempre me gustó la música”, pero a mí, en lo particular, siempre fue como de las cosas que más me movía a algo. En cuanto a fibras sentimentales sentía que no había otra cosa que me moviera tanto.

De niño dormía con una de estas grabadoras planitas, de reportero, con tres o cuatro cintas que siempre escuchaba; me encantaba Vivaldi y la música barroca.

Esa señal, para mí fue clara. Me movía la música.

La guitarra la agarré por primera vez entre los 14 y los 15 años. Al principio, por ser un instrumento popular, que todos usaban, no me interesó. No fue hasta que tomé una guitarra vieja y arrumbada en casa de mi abuela, que comencé a hacer mis primeros pinitos en ésta.

Me daba mucho por hacer melodías “feelinudas” –con mucho feeling– y fue un día que llegué a presumir a mi hermana y una de sus amigas, quien por cierto estaba de muy buen ver –se parecía a Sailor Moon– y se conmovió tanto que se suelta a chillar, dije: “ajá, algo hay acá”.

Descubrí el poder mágico de la música.

 

¿Cómo fue que caíste al rock?

 

Sí me considero rockero; amante del rock en todos sus estilos.

Esta cabrón que no te guste el rock si tocas la guitarra. Puede que no, pero una vez que escuchas un instrumento tan poderoso en un estilo que es poderoso de por sí. Está cabrón que no te guste.

 

Un verdadero militante del Rock

Foto: Cortesía

¿Cuál fue la primera guitarra que te compraste?

 

La primera guitarra que me compré fue en Guadalajara, una línea barata de Washburn, que se llamaba Lion; era una tipo strato, sunburst. Me costó 600 mil pesos (viejos pesos). Le ahorré un rato para poder comprármela.

Esa fue mi primera lira, la conectaba al estéreo de la casa y, para poder distorsionarla, me esperaba a que todos se salieran de la casa, para poder subirle todo el volumen, y tocar algunas cosas de Nirvana o así.

 

¿Te hubieras imaginado en ese momento verte como estás ahora, un músico profesional?

 

Para empezar, no entendía bien qué era ser un músico profesional. Yo me la pasaba viendo el MTV todo el día y no sabía si eso era ser profesional pero, al ver las bandas que pasaban ahí, eso era lo que yo quería.

Mi modelo a seguir era: “pues sí, yo también quiero un video como Soungarden o como Pearl Jam o como Pantera.

“Me gustaría hacer eso. Me gustaría tener una banda que sonara súper chido, que pudiera hacer música súper chingona”.

 

¿Te sientes satisfecho hasta el momento con tus logros como músico?

 

Sí.

Es que no es tanto como lo planteabas hace un momento, así de “yo me vi así”, sino como que ir siguiendo a la música hacia dónde te lleva. Claro que tú vas tomando ciertas decisiones, pero en mi caso no son tantas; son como pocas pero importantes. Son como decir: a partir de ahora decidí que mi vida la iba dedicar a la música; en cuestión académica, en cuestión laboral. Donde me muevo va a ser ahí, la música.

Tal vez no lo decidí así de: un día me desperté y dije “así va a ser mi vida”, pero así ha venido siendo desde hace varios años en los que me dije “yo no voy a aceptar ningún trabajo que no tenga que ver con la música”. Es una decisión importante que lleva mi vida por un camino.

La otra es que voy siguiendo a dónde me va llevando la música. He tenido muchas bandas de distintas cosas, muy distintos proyectos, y digo “va”; o sea, yo le entro. Na’más digo: Sí, ¿qué hay que hacer? ¿Qué música hay qué tocar? ¿Qué música hay que escuchar? ¿Qué hay qué aprender?

Si son cosas muy fuera de mi línea; no sé, tipo un trío de bebop, pues no le entro, porque no es mi estilo. No me voy a sentir bien, la voy a regar.

O si me dicen, “vamos a tocar cumbias”, que supone un reto tal vez menos difícil que tocar bebop, y nunca lo había hecho, pues dije –con cierta renuencia– “pues va, ¿qué tengo que perder?”. Y curiosamente es el proyecto que más ha crecido y con mayor proyección, La Agrupación Cariño.

 

Ahorita que ya estás llegando a un punto de cierta consolidación profesional, ¿cómo considerarías hasta este momento la dificultad de tu trayecto?

 

Qué te puedo decir si son mil millones de tocadas, de aventura, de muy buenos sabores y otros no tanto. Cada tocada te trae algo nuevo que aprender y siento que eso es lo que te va formando; o sea, el estar tocando, el enfrentarte a ene cantidad de detallitos, de problemas de toda índole que van surgiendo. Por ejemplo, de índole personal con algún otro integrante de la banda o que se te rompe una cuerda en el solo de tu vida o que hay redada en el lugar en el que estás tocando. Puede haber cualquier cantidad de eventualidades y esas son las que te van dando la experiencia.

Yo tengo 15 años tocando, son 15 años de tocar con varios proyectos de diferentes estilos y gente muy variada. Son 15 años en los que ya pasaste por muchas experiencias, ya te sabes algo del medio, vaya. Pero yo me siento, si bien me va, como en un intermedio; como a la mitad de una carrera.

Me siento aún muy lejos de consolidarme y, menos en el ámbito musical, guitarrístico. Me siento en pañales. Siempre trato de aprender, de practicar, y sentir que estoy tocando un poquito mejor que antes.

Y en cuanto a carrera siento que apenas estoy teniendo una oportunidad de llamarse profesional, ahora sí.

 

Sí hay una diferencia, ¿no? De cuando empiezas con un proyecto más de garaje a cuando ya estás percibiendo un salario constante.

 

El hecho de percibir un sueldo por tocar sí te cambia el concepto de tocar. En mi caso particular, yo no empecé a tocar pensando en que quería ganar dinero; empecé por el sonido que podía lograr, por las reacciones. Así que no te pones a pensar en “voy a cobrar equis o zeta”; vas empezando, no te pones a imaginar cuánto vas a ganar. No va por ahí.

Cuando empiezas a cobrar te das cuenta de que hay cierto poder, que tienes el derecho de cobrar algo porque ya estás generando sensaciones. Por lo menos vas a un antro, te armaste unas rolas, ensayaste y haces que la gente se la pase bien. Eso implica que cobres. Eso ya es un trabajo.

Si sabes hacer algo, cobra por hacerlo.

foto: Érika Vit

foto: Érika Vit

Te encuentras en una posición muy peculiar, porque estás en un proyecto mainstream, en un proyecto que tiene un jale muy particular, que es La Agrupación Cariño, pero a su vez estás en otro proyecto que es muy profundo, independiente, y que también tiene su público, que es Marc Monster & the Olives (MM&O). Dentro de todo este tema de tu desarrollo profesional como músico, ¿cómo puedes moverte entre ambos mundos y cuál es tu perspectiva de la escena independiente?

 

En lo musical pasa algo curioso, porque sí se trata de estilos bien distintos: una es música, llamémosle, popular mexicana, aunque nos cataloguen por cumbia –por porque sí tocamos algunas cumbias–. Pero realmente se trata de estilos mexicanos populares venidos de los setentas hasta principios de los noventas. Esa es básicamente la estética musical de La Agurpación.

Y de lo otro (MM&O) es una banda que intenta tener un sonido folk; le coquetea por ahí. O sea, todos los estilos roots que parten del blues. En un principio, Marc Monster (vocalista de ambas bandas), fueron las rolas que trajo cuando tenía poquito de haber regresado de Estados Unidos. Fueron las rolas que ahí venía coleccionando, y ahí andaban rondando por esos estilos.

Entonces, Noé – el bataco– y yo, que fuimos de los primeros que estamos ahorita en la banda en conocerlo (a Marc Monster) empezamos a palomear sobre sus rolas y fueron a parar en esos estilos. Simplemente, como que reforzamos lo que ya traía originalmente.

Pero bueno, en concreto, un proyecto es estilos populares mexicanos y el otro estilos populares gringos.

Ahorita que compartimos el 90% de los músicos de las dos bandas es curioso, porque estilísticamente es distinto, pero estás tocando con casi las mismas personas. Entonces, la comunicación musical entre nosotros es la misma, entonces predomina un mismo sonido, que es el de los mismos músicos, aunque sean distintos estilos.

Ahora, en lo personal sí es un poquito distinto. Digamos, si el mismo día tocamos las dos bandas, sí hay un poquito de confusión. A mí lo que lo que me sirve, cuando estoy un poquito descontextualizado de alguna de las dos, es escuchar música de alguno de los dos estilos.

En la cuestión proyectos es curioso porque ambos nacieron casi a la par, incluso MM&O nació un poco antes y fue muy rápido: Llegó Monster con las rolas; entre el bataco y yo comenzamos a darle forma; le hablamos a un bajista con el ya habíamos chambeado anteriormente y a un tecladista, que es César Rojas, conocido como El Chícharo, que era cuate de Noé y mío. Y en seis meses logramos el primer disco, que fue mezclado y martirizado en uno de los mejores estudios de Nueva York.

Entonces tener un producto tan pro fue algo así como “¡Órale, sí se puede y lo estamos haciendo bien!”. Y lo presentamos y empezó a gustar. Y cada vez se volvió un poco más competo se integró Pablito en el sax; y luego Christian Uribe en la guitarra de acompañamiento; luego Alán, que es el amigo de toda la vida de Pablito; y la más reciente incorporación es Jaime Aldaraca en el sax barítono, flauta y la armónica.

Ahora, La Agrupa nació unos pocos meses después.

El Monster y Mario estaban baboseando en un party y dijeron “vamos a hacer una canción tipo José José. Ahora, una tipo Buki” Así, tal cual. Como una payasada. Y de repente le dieron más cuerda al chiste.

Pero fue muy chistoso porque en ese inicio, La Agrupa y MM&O ensayábamos en el mismo lugar, en casa del Monster, pero La Agrupa sonaba espantoso con los que tocaban en ese entonces. Eventualmente, de manera estratégica y casi a hurtadillas, los músicos de MM&O –que era el grupo que ya sonaba cabrón– nos fuimos incorporando a La Agrupa hasta lo que es hoy, ocho años después de su nacimiento.

 

El producto que es La Agrupación Cariño ya se vende prácticamente sólo; no es el caso con MM&O. Para ti, que tienes la posibilidad de navegar en ambas escenas, ¿cómo experimentas esa lucha?

 

La Agrupación ha comenzado a profesionalizarse en muchos sentidos y por ende a pedir mucho más, lo repercute en quitarle –en la misma proporción– a la otra banda (a MM&O). O sea, si tú tienes entrevistas, si tienes tocadas y muchas más responsabilidades con una banda que promete en más sentidos, pues obviamente la otra se va quedando rezagada. Cosa que no queremos. En ningún momento estamos diciendo “nos quedamos con La Agrupa y la otra que se vaya al carajo, porque no nos va a dar lo mismo”.

Sí queremos meterle y sí le vamos a dar el lugar que tenía en un principio; como una banda con mayor proyección a diferencia de una que empezó como un juego.

 

Específicamente con MM&O, que es una banda independiente, ¿crees que pudo haber arrancado con esa proyección que actualmente tuvo, pero años atrás? Es decir, ¿cómo consideras el momento para la escena independiente en la Ciudad de México?

 

Ahorita es el momento, sin duda.

Sin embargo te puedo decir que después de que llegué a la ciudad, vino un periodo (como por ahí del 2000 al 2007) en el que se murió el rock. Vino una época en la que tocar un instrumento era casi-casi mal visto; era la época de lo electro.

Llámalo moda, pero dejaron de llamar la atención las bandas y llamaron toda la atención los deejays (DJ). No fue culpa de ellos ni de la gente, simplemente así fue ese momento en la historia musical de nuestro país.

Yo en ese momento tenía una banda de rock experimental muy chido, con la que tuve oportunidad de grabar un disco. Entonces, nosotros bien emocionados con nuestro disquito experimental en un momento y en un lugar en el que el rock era mal visto; estábamos totalmente fuera de contexto y en comparación a ahorita, que tú preguntas. Ahorita si es un buen momento para tener una banda. Ahorita pasa algo; hay lugares donde tocar.

A mí me tocó la época en la que sólo existía Rockotitlán y algún otro changarrito –Rock-Stock ya no existía y el Alicia apenas empezaba–. Ahora, en ese entonces, Rockotitlán estaba en un bodegón para 500 personas; entonces si tocabas ahí sólo iban 20 o 30 personas, tus cuates, ya sabes, lo cual era deprimente.

Entonces era un momento de mucha resistencia. Era decir, “sí, tengo mi banda y estoy tocando y, aunque sea en los dos únicos lugares en los que llegan cinco personal, lo sigo haciendo”.

Yo la neta sigo creyendo que se vendrá otra época en la que no vuelva a haber espacios para las bandas independientes. Me parece que es una cuestión cíclica, la predilección de la gente.

 

Quizás no es un buen momento para el rock, en general, pero sí para las bandas independiente de todos los géneros: funk, jazz, dixieland.

 

Sí, de acuerdo. Hay lugares para tocar, hay medios, hay revistas, hay programas. Pero sobre todo hay gente que lo está consumiendo. Eso es el motor. Si hay eso entonces habrá más bandas. Sin embargo las que más se van a destacar son esas que tengan un discurso, que tengan algo que aportar.

Sí reafirmo que en hoy en México es un buen momento para tener una banda; mejor que muchos otros anteriormente. Pero es un buen momento porque ahorita hay reflectores.

Lo que quizás si hace falta es una buena banda de rock. Ojalá se aviente más gente por el género.

 

Tú que tuviste la oportunidad de tocar con La Agrupación Cariño en un festival tan grande como Glastonbury, y viste cómo hay espacio para los grandes –como Foo Fighters y Kanye West, que fueron de los artistas principales éste año– y las bandas independientes, ¿crees que en México se logre crear material para que lleguen a festivales como ese?

 

Más allá de lo que yo crea, es lo que está pasando. Nosotros no somos los primeros mexicanos en Glaston (Los de abajo, Troker y La Sonora Balkanera, son algunas de las bandas mexicanas que han pisado alguno de los escenarios del festival de música más grande del Reino Unido). A nosotros nos fue muy bien y las otras bandas que han ido han hecho un gran papel. También tuvimos la oportunidad de tocar en el South by Southwest (SXSW) en Austin y también nos fue bien.

Creo que si se está entendiendo por ese lado: las bandas en México tienen que salir del país a los festivales internacionales, aunque no tengan tanta jerarquía como los artistas titulares.

Tienen que hacer ese esfuerzo y pegarle a lo alto. No importa que tengan que poner una lana de su bolsillo, pero el chiste es que salgan. Tienen que salir y mostrar lo que se está haciendo en México.

Se tienen que “poner con Sansón a las patadas” en esos festivalotes y lograr que exista la primera ba

Equipo editorial RevistaTBN.

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